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Mexico: La lucha zapatista: ¿conmemoración o celebración?



México D.F. Domingo 11 de enero de 2004

http://www.jornada.unam.mx/014a1pol.php?origen=index.html&fly=2

Marcos Roitman Rosenmann



Diez años parecen ser una unidad de tiempo construida socialmente para hacer
uso retrospectivo de la memoria. No son siete ni ocho: es una década. Su
paso amerita realizar recordatorios para no olvidar y mantener viva la
conciencia adormecida por la rutina. Sin embargo, son fechas dolientes, no
suele haber demasiados motivos para mostrar algarabía. En ello consiste la
diferencia entre conmemorar y celebrar. Se debe conmemorar un hecho para que
no olvidemos sus consecuencias. Pero también se puede celebrar un
acontecimiento como una ceremonia dotada de sentido positivo, de aclamación.
Celebramos los cumpleaños y conmemoramos fechas ignominiosas. El
descubrimiento o conquista de América, por ejemplo, hace ya más de 500 años,
es buen ejemplo. Su llegada se reconoce en esta polémica. ¿Celebración o
conmemoración? ¿Cuál es su significado, su sentido histórico? ¿Es acaso una
lucha de los pueblos indios por sobrevivir al conquistador y,
posteriormente, al colonialismo interno? O, por el contrario, ¿es un
encuentro entre dos culturas, una católica, apostólica y romana, y otra
pagana y hereje a la cual civilizar?

Para los pueblos indios la llegada de un 12 de octubre de cualquier año
supone no olvidar su historia y recordar su resistencia a la política de
etnocidio practicada día a día por la sociedad blanca mestiza. No tienen
nada que celebrar y sí qué conmemorar. Por el contrario, para los
conquistadores son fechas llenas de significado festivo, el momento en que
Santiago mata moros se trasformó en Santiago mata indios. El instante
sublime en el que la divina providencia los hizo dueños del mundo y
hacedores del imperio. Occidente se inventa como cultura y orden colonial
que en nombre del progreso justifica la esclavitud, la encomienda y la
superioridad del hombre blanco. Es el inicio del racismo. Para la raza aria
caucásica es la victoria total.

Han pasado 10 años desde la irrupción del EZLN en la vida política de
México. Su comunicado ¡Ya basta! constituye un punto de inflexión en su
historia contemporánea. Nada ha sido igual desde entonces. Su presencia en
la vida política trastocó los planes diseñados en los despachos de gobierno,
modificó la actuación de los partidos políticos y movilizó a la sociedad
civil. Sin embargo, la estrategia del poder ha sido dilatar la solución a
sus 11 demandas expresadas en la Primera declaración de la selva Lacandona.
Trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia,
libertad, democracia, justicia y paz. Se trata de hacer olvidar las causas y
las reivindicaciones que motivaron la insurrección. El tiempo corre en favor
del poder. Con su control basta para disipar las fuerzas insurgentes y matar
de aburrimiento a los insurrectos. El desánimo y la frustración harán presa
de su comandancia general y terminarán por sucumbir. Además, siempre queda
la estrategia de la traición. Se pueden acordar consensos y realizar pactos,
pero también se pueden transgredir sin rubor. Hay que fomentar el olvido
como táctica para vencer. No hay tiempo para el recuerdo. Recordar y olvidar
son dos de las fuentes del poder para ejercer su despotismo.

Recordar supone revivir, traer a la memoria, despertar lo que está dormido.
Olvidar supone desapego, perder el cariño, dejación. Por ello hay
acontecimientos que deben ser traídos al presente para no cometer el
descuido de olvidar y la fatiga de no querer recordar. Este es el
significado de la conmemoración de los 10 años de insurrección. No debemos
olvidar que son un ejército insurgente, una fuerza armada, un poder que
disputa la acción a un Estado considerado corrupto. Hay que recordar, no
olvidar sus orígenes, sus causas fundacionales, su evolución, sus aportes,
sus éxitos y sus fracasos. Todo ello debe estar en la memoria colectiva y
debe ser motivo de conmemoración. No olvidemos que han sido capaces de
sobrevivir al exterminio físico y político. Su pervivencia es símbolo de
fuerza, no de flaqueza. Han cambiado el rumbo de los acontecimientos. No lo
olvidemos. Su lenguaje, sus palabras y sus silencios asustan al
fundamentalista y también al militante partidario. Su praxis revolucionaria
atrae y está llena de nuevas formas de pensar y de actuar. Sólo que están
inmersas en su historia vital, aquélla de los pueblos tzotziles, tzeltales,
choles, tojobales, mames, mestizos y zoques. Mandar obedeciendo les resulta
cotidiano. Demandar el ejercicio del buen gobierno es recordar el principio
de autoridad legítima. No es un modelo a seguir. Es un proceso a entender e
integrar en la mejor tradición de las luchas por la democracia a escala
mundial. La clausura de los Aguascalientes y el inicio de los caracoles es
buen referente para quienes hacen de los procesos políticos y sociales
recetarios de cocina. Basta leer el comunicado al respecto para entender el
valor estratégico de la crítica.

Sin embargo, no debemos olvidar la contraparte. Es necesario recordar cuáles
han sido los principios que han guiado la acción política desarrollada por
los representantes institucionales del poder. Su práctica no está fundada en
el respeto a la dignidad, en la integridad de carácter, en el valor del
compromiso ético. Su acción se fundamenta en postulados pragmáticos de los
cuales participan el PRD, el PRI y, desde luego, el PAN. Recordemos la ley
indígena aprobada con los votos de todos ellos. Debemos tener presente este
comportamiento. Para ellos, su acción política no está sometida a un juicio
de valor ético. Así reza su vademécum. Comportamiento vergonzante
recomendado como estrategia por asesores y consejeros donde todo es maleable
y flexible. No hay nada que no pueda ser esgrimido como excusa para
incumplir la palabra. En estas circunstancias la ignominia social mide el
grado degenerativo con que acometen la acción política. La mentira y el
engaño ya es parte consustancial de las estratagemas del poder corrupto e
ilegítimo. Cuando ello se generaliza tenemos un comportamiento fundado en la
moral de los traidores, quienes también poseen sus códigos de actuación.
Normas de obligado cumplimiento cuya transgresión supone la expulsión
deshonrosa del grupo. En otras palabras, entre corruptos la honradez resulta
perniciosa, es mal vista y hay que acabar con ella. Por ello hablar del EZLN
les crea aversión, los enerva hasta perder su compostura. El poder sólo
puede transmitirse entre iguales, siendo el más miserable de entre los
traidores quien lo consiga hasta que otro con peores artimañas lo destrone y
tome el poder. Una espiral sin fin cuya dinámica institucionaliza una
conducta fundada en el latrocinio y la moral corrupta. Considerar la
traición un comportamiento habitual es propio de una sociedad enferma.
Educar en la felonía conlleva practicar la deslealtad como principio. Han
transcurrido 10 años desde el alzamiento zapatista y debemos recordar, no
olvidar la traición de una elite política que decidió venderse, entregar la
soberanía y perder su integridad, a cambio de vivir sin recordar y sin nada
que conmemorar. Ojalá podamos celebrar su derrota, síntoma de que
conmemoramos el triunfo de un proyecto vital signado en la justicia, la
democracia y la paz con dignidad. Este es el verdadero reto.