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Memorial de los años felices (Luis Sepulveda)



Trent'anni dal golpe in Cile. Ricevo e giro un pezzo bellissimo di Luis
Sepulveda.
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Memorial de los años felices

Los mil días del Gobierno Popular fueron duros, intensos, sufridos y
dichosos. Dormíamos poco. Vivíamos en todas partes y en ninguna. Tuvimos
problemas serios y buscamos soluciones. Esos mil días pueden ser
acompañados de cualquier adjetivo, pero si hay una gran verdad es que, para
todos aquellos y aquellas que tuvimos el honor de ser militantes del
proceso revolucionario chileno, fueron días felices, y esa felicidad es y
será siempre nuestra, permanece y permanecerá inalterable.

Queridas compañeras, queridos compañeros. ¿Quién de nosotros puede olvidar
la sonrisa de los hermanos Weibel, de Carlos Lorca, de Miguel Enríquez, de
Bautista von Schowen, de Isidoro Carrillo, de La Payita, de Pepe Carrasco,
de Lumi Videla, de Dago Pérez, de Sergio Leiva, de Arnoldo Camú, de todas y
todos los que hoy, treinta años más tarde no están con nosotros pero viven
en nosotros?

Por Luis Sepulveda


Cada una y cada uno tiene en su memoria un particular álbum de recuerdos
felices de aquellos días en que lo dimos todo, y nos parecía que dábamos
muy poco, porque teníamos grabados sobre la piel los versos del poeta
cubano Fayad Jamis: por esta revolución habrá que darlo todo, habrá que
darlo todo, y nunca será suficiente. Hubo quienes desde el cómodo y cobarde
escepticismo disfrutaron de un tiempo muerto al que llamaron juventud.
Nosotros sí que tuvimos juventud, y fue vital, rebelde, inconformista,
incandescente, porque ella se forjó en los trabajos voluntarios, en las
frías noches de acción y propaganda. No hubo besos de amor más fogosos que
aquellos que se dieron en el fragor de las brigadas muralistas. El que besó
a una muchacha de la brigada Ramona Parra o Elmo Catalán, besó el cielo y
no hubo sable capaz de quitar ese sabor de los labios.

Otros, desde la atroz cobardía de los que criticaron sin aportar nada, sin
quemarse, sin jugarse, sin conocer el magnífico sentimiento de hacer lo
justo y en el momento justo, en sus mansiones sin gloria, comiendo con la
platería que heredaron de los encomenderos y bebiendo puro sudor de
obreros, advertían que estábamos cometiendo excesos. Claro que cometimos
errores.

Éramos autodidactas en la gran tarea de transformar la sociedad chilena.
Metimos la pata muchas veces, pero jamás metimos la mano en los bienes del
pueblo. Otros conspiraban, nosotros alfabetizábamos. Otros se aferraban con
furia homicida a sus bienes mal habidos porque la propiedad de la tierra
siempre viene del robo, nosotros permitimos que los parias de la tierra
mirasen por primera vez a los ojos del patrón y le dijeran: ?grandísimo
hijo de puta, me has explotado, y a mis padres y a mis abuelos, pero a mis
hijos y a los hijos de mis hijos no los vas a explotar?. Y esas palabras
son parte de nuestro legado feliz, de nuestra memoria feliz.

Fumábamos marihuana de Los Andes mezclada con el tabaco dulzón de los
Baracoas. Escuchábamos al Quilapayún y a Janis Joplin, cantábamos con
Víctor Jara, los Inti Illimani y The Mamas and the Papas. Bailábamos con
Héctor Pavez, Margot Loyola y los cuatro muchachos de Liverpool hicieron
suspirar nuestros corazones. Usamos pantalones pata de elefante y nuestras
chicas minifaldas que excitaron a dios y al diablo. Y tuvimos modales
propios porque una sola palabra bastaba para saber qué éramos y qué
soñábamos: Hola Compañera, hola Compañero. Y con eso ya estaba dicho todo.

Angel Parra, Rolando Alarcón, Isabel Parra y los mil cantores populares nos
entregaron una nueva dimensión del amor, ese formidable verbo que empezamos
a conjugar a nuestra manera.

Nos trazamos metas imposibles, SUR-Realistas, y las cumplimos. Una sola vez
en nuestra historia todos los niños de Chile mamaron medio litro de leche,
de leche blanca y justa, de leche necesaria y proletaria, porque la
financiaron justamente aquellos que producían la riqueza. Un día se hizo la
gran conferencia de la UNCTAD, y los arquitectos, y los ingenieros, y los
capataces opinaron que no era posible alzar el gran edificio que nos
mostraría como un pueblo en marcha, pero nuestros albañiles, electricistas,
estucadores y maestros de casco o cucurucho salpicado de yeso dijeron que
sí era posible y lo hicieron. Más tarde fue el edificio de la juventud
chilena.

¿Quién no comió alguna vez en la UNCTAD?, llamado también edificio Gabriela
Mistral y que más tarde fue usurpado por los asesinos. Todavía está ahí, y
así permanecerá como un gigante testigo de esos mil días en que todo fue
posible.

Los que no tenían imaginación ni lugar en ese reino de lo posible, de la
dicha posible,conspiraban contra el sol, contra el mar, contra el verano
desde sus mansiones de Reñaca o Papudo. Pero en los Balnearios Populares
las familias de obreros tenían su primera vez al sol, junto al mar que de
verdad nos bañó tranquilo. Jugaron partidas de brisca al ocaso, pasearon de
la mano, se amaron, hicieron planes posibles, mientras los niños eran
atendidos por los voluntarios de la Federación de Estudiantes de Chile, y
gozaban con los títeres, el teatro, las clases de música y pintura que
impartían los artistas militantes de un pueblo en marcha.

Hoy, treinta años más tarde, algunos de los que no tuvieron el valor de
jugarse, de darlo todo, se ufanan de una extraña capacidad premonitoria que
les permitió vaticinar el desastre y les aconsejó mantenerse al margen.

Miserables, pobres miserables que se perdieron la oportunidad más bella de
hacer la historia, pero de hacerla justa. Esos mismos son ahora paladines
de la reconciliación y nos enrostran los ?excesos?. Pero esos iluminados
jamás nos mencionan uno con toda la fuerza de lo particular. ¿Qué
provocamos al imperialismo yanqui cuando nacionalizamos el cobre? Olvidan
que lo hicimos con tanta suavidad, incluso pagando indemnizaciones, que nos
ganamos muchas críticas de izquierda. Pero lo hicimos así porque no
queríamos la confrontación directa con el enemigo de la humanidad. Supimos
responder a las provocaciones con entereza y con violencia cuando fue
necesaria, pero nunca provocamos. Nuestro tiempo era el tiempo de los
constructores, prestamos toda la atención a la argamasa que uniría los
ladrillos de la gran casa chilena, y ninguna a la conjura porque éramos y
somos mujeres y hombres de honor.

La mayor expresión cultural de un pueblo es su organización, y fuimos un
pueblo muy culto porque nuestra organización, polifacética, plural, a veces
dulcemente anárquica, nos orientaba hacia la vida. El sueño de Salvador
Allende era prologar la expectativa de vida de los chilenos a niveles de
país desarrollado. Su reto personal era permitir que cada chileno
dispusiera de veinte años más para desarrollar su capacidad creadora, su
ingenio, y para que le vejez dejara de ser un espacio de miseria y derrota,
y fuera en cambio la Suma de una experiencia, la herencia de un pueblo.

En una entrevista con Roberto Rossellini, el Compañero Presidente le cuenta
que sus manos de médico habían realizado mil quinientas autopsias, que sus
manos de médico conocían la atroz fuerza de la muerte y la precaria
fortaleza de la vida. Salvador Allende fue el líder más preclaro de América
Latina, su meta era la vida, la vida era su consigna, y la vida fue nuestra
bandera de lucha. A treinta años del crimen, hay miserables que interpretan
el suicidio de Allende como una derrota. No entienden las razones de un
hombre leal, que en el fragor del combate entendió que su último sacrificio
evitaría a su pueblo la máxima de las humillaciones; ver a su dirigente, a
su líder, encadenado y a merced de los tiranos.

Queridas compañeras, queridos Compañeros: no hay honor más grande que el
haber sido compañeros de lucha y de sueños de un hombre como Salvador
Allende. No hay orgullo mayor que esos mil días liderados por el Compañero
Presidente. No somos víctimas ni del destino ni de la ira de un dios
enloquecido. La historia oficial, la mentira como razón de Estado nos
presenta como a responsables de un crimen que, cada vez que intentan
explicar, las palabras huyen de sus bocas pues no quieren ser parte del
vocabulario de la vergüenza. Si nuestro intento por hacer de Chile un país
justo, feliz y digno nos hace culpables, entonces asumimos la culpa con
orgullo. La cárcel, la tortura, las desapariciones, el robo, el exilio, el
no tener un país al que volver, el dolor, si todo eso era el precio a pagar
por nuestro esfuerzo justiciero, entonces sépase que lo hemos pagado con el
orgullo de los que no renunciaron a su dignidad, de los que resistieron en
los interrogatorios, de los que murieron en el exilio, de los que
regresaron a luchar contra la dictadura, de los que todavía sueñan y se
organizan, de los que no participan de la farsa pseudo democrática de los
administradores del legado de la dictadura.

Junto a Salvador Allende fuimos protagonistas de los mil días más plenos,
bellos e intensos de la historia de Chile. Sobre nosotros dejaron caer todo
el horror, pero no consiguieron ni conseguirán borrar de nuestros corazones
el Memorial de los Años más Felices. Cuando en los momentos más duros de
nuestros mil días, la provocación del fascismo, de la derecha, del
imperialismo yanqui, hacía que la ira se instalara peligrosamente en
nuestros ánimos, el Compañero Presidente nos aconsejaba: ?Vayan a sus
casas, besen a sus mujeres, acaricien a sus hijos?.

Ahora, a treinta años de la gran traición, que la cercanía de los nuestros,
que el recuerdo de los que nos faltan, y el orgullo de todo lo que hicimos
sean los grandes convocantes de lo que debemos recordar. Que las palabras
Compañera y Compañero suenen como una caricia, y bebamos con orgullo el
vino digno de las mujeres y los hombres que lo dieron todo, que lo dieron
todo y pensaron que no era suficiente.